Imaginales

El imaginal es el nombre que recibe la célula en estado de transformación en el cuerpo de la crisálida hacia la mariposa. Leí esta información en un libro de Claudio Naranjo: "La agonia del Patriarcado", y desde entonces no pude desprenderme del aroma a verdad que exhala esta afirmación: en este momento de la historia todos y todas somos imaginales.

martes, noviembre 08, 2005

El varón a través de los siglos
Publicado el 30/06/05 a 14:13:54 GMT-06:00

El varón a través de los siglos
Por: Martha Anicia Rodríguez

Resumen

El presente ensayo nace en el marco del curso de “Técnicas de Atención Comunitaria” a partir de un ejercicio crítico sobre el trabajo de Elisabeth Badinter “XY. La identidad masculina”. Propone una actividad reflexiva para pensar nuestras actitudes en torno a los fenómenos sociales actuales, factibles de ser analizados desde la categoría de análisis de género. Desde el análisis de la implicación, observamos la necesidad de tomar conciencia acerca de qué manera, nosotros/as, uruguayos/as de clase media, nos encontramos determinados en nuestras prácticas cotidianas, como personas y como profesionales. Para esto, realizamos una breve deconstrucción sobre las maneras de entender la condición de “varón”, de la mano de un personaje histórico de singular relevancia para nuestra actividad académica, guiados/as por autores/as provenientes de diferentes disciplinas y dejándonos atravesar por lugares comunes en nuestra formación. Hacia el final arribaremos a reflexiones acerca de cómo nos encontramos comprometidos/as en los cambios que viven nuestros varones. Este trabajo propone algunas maneras para pensar estos fenómenos, desde la complejidad que introduce un análisis desde la categoría propuesta. Resulta así un desafío para seguir pensandonos, inmersos/as en una realidad que se resiste a permanecer inmutable.

EL VARON A TRAVES DE DOS SIGLOS: UN ENSAYO REFLEXIVO INSPIRADO EN UNA OBRA DE ELISABETH BADINTER
Martha Anicia Rodríguez

Este ensayo surge en el marco del Seminario “Género, Salud y Participación Comunitaria” que coordina Carlos Güida , como ejercicio crítico sobre una obra de Elisabeth Badinter que me hizo conciente del valioso aporte de los Estudios de Género a nuestra formación como trabajadores de la Salud. Planteamiento A partir de la lectura de “XY. La identidad masculina” comienzo a desarrollar por escrito mis propias ideas, atravesadas por las líneas teóricas que sostienen mi pensamiento: la psicología social-comunitaria, el psicoanálisis, el materialismo dialéctico y la categoría de análisis de género. El análisis de la implicación ha generado reflexiones donde lo personal se flexa con ideales sociales y se repliega hacia un afán metodológico cuando corro el riesgo de perder el eje. En este sentido ha significado un cuaderno de bitácora del Seminario, en cuanto a mi tránsito por el mismo, por el momento vital y por la crisis histórica que nos conmueve. Busca el punto crítico, no una solución.

Dramática
Invisibilización del varón


Continuidad y discontinuidad aparecen ligadas a masculinidad- feminidad. “¿Cuál es la escencia del macho humano? De manera espontánea damos crédito al eterno masculino sin preocuparnos mucho de la advertencia de Rousseau: “El macho sólo es macho en determinados momentos; la hembra es hembra toda la vida, o al menos durante toda su juventud” (Badinter, 1993, pág. 17). Mucho se ha hablado de la “invisibilización” de la mujer (“detrás de cada gran hombre hay una gran mujer”), pero encontramos al hombre (al que llamaremos “varón”) invisibilizado detrás del hombre= Hombre= Humanidad. Kimmel (Badinter, 1993, 24), narra el diálogo entre la mujer blanca y la mujer negra frente a su imagen en el espejo; dice la mujer negra que, cuando por la mañana se mira al espejo, a diferencia de su interlocutora blanca ella ve una negra, no una mujer: “Para mí la raza es visible a diario (...) la raza es invisible para vosotras”. Dada esta invisibilización, los preconceptos sobre “el hombre” y “la mujer”, se reproducen cotidianamente. Excluyendo normas, mandatos y deberes prescriptos resultantes de la prohibición, ¿desde donde pensaríamos la condición de “varón”? En nuestra diversa Latinoamérica, integremos la categorías: etnia, clase social, necesariamente aplicable en un orden mundial globalizado; y generación, categoría que sufre cambios como el denominado “adolescentización”. Para avanzar, les invito a seguirme en un ejercicio sencillo. Reflexionemos sobre el efecto de “cámara oscura” que planteó Marx: “Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser conciente y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si en toda la ideología los hombres aparecen invertidos como en una cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina. Responde a su proceso de vida directamente físico (...). No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia” (Marx-Engels, 1845, pág. 26). Tomemos dos premisas: el género femenino y el género masculino. Una de ellas, en lugar de opuesta según una lógica binaria, aparece negativizada a manera de un negativo de una película fotográfica, y al revés. Podemos intentar una “desinversión” de la perspectiva en términos de relaciones de género para “desnaturalizar” lugares impuestos ideológicamente, cuestionándonos la reproducción de relaciones tiránicas de poder mediante la asignación inerte y acrítica de roles “femeninos” y “masculinos” a varones y mujeres en cada cultura. La metáfora marxiana podría resultarnos mecanicista, pero no pierde la fuerza simbólica que nos interesa rescatar para pensar como “actuamos” roles que reproducen intereses de las clases dominantes en desmedro de la libertad de la mayoría de los/as sujetos/as. Entendiendo la libertad como el desarrollo de las potencialidades creativas, intelectuales y manuales, este planteo invita a realizar ejercicios dinámicos y complejos acerca de las formas en que reproducimos nuestro universo metafórico. Según Scott “el género implica (...) los símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones simbólicas (...) En segundo lugar, los conceptos normativos que ponen en evidencia las interpretaciones del sentido de los símbolos que se esfuerzan por limitar y contener sus posibilidades metafóricas. Estos conceptos están expuestos en las doctrinas religiosas, educativas, científicas, políticas o jurídicas y toman la forma típica de una oposición binaria, que afirma de manera categórica y sin equívocos el sentido de lo masculino y lo femenino” (Scott, Joan, 1988, pág. 14). Femenino y masculino resultan valores de verdad, no uno verdadero y otro falso por efecto de algún silogismo; así renunciamos a pensar en términos dicotómicos y excluyentes las relaciones de género. Tampoco los ubicamos jerárquicamente (inferior o superior); siguiendo una filosofía presocrática, las fronteras se vuelven permeables y no rígidas e intrusivas. “El género es un primer campo a través del cual, en el seno del cual, o por medio del cual, el poder es articulado” (Scott, 1988, pág. 14).

Masculino: ¿definición por la negativa?

“Kimmel comprendió entonces que cuando por la mañana se miraba en el espejo veía ‘un ser humano: universalmente generalizable’”. A continuación realiza una deconstrucción histórica de las crisis de la masculinidad, porque “masculinidad y feminidad son construcciones relacionales (...) de tal modo que cuando cambia la feminidad (...) la masculinidad se desestabiliza” (Badinter, 1993, pág. 25). Una ruptura epistemológica nos atraviesa especialmente: el origen del Psicoanálisis, vinculado al deseo de conocer las causas del padecimiento de las histéricas. Atendiendo al deseo femenino, ¿se ha atendido al deseo masculino? Para bordear esta interrogante, centrémonos en un personaje que guiará este ejercicio de entender algunas vicisitudes vividas por el varón desde el S. XIX y S. XX en aquella Europa, para hallarnos investigando la identidad masculina en el S. XXI, en Montevideo, Sudamérica. Freud... Estudió con Charcot el fenómeno de la hipnosis en Francia. De vuelta en Viena para presentar su trabajo sobre la histeria masculina, su auditorio le devolvió una visión negativa y oclusiva de sus conclusiones. Este auditorio estaba formado por colegas y por quienes financiaban su investigación (en algunos casos, los propios padres de sus pacientes mujeres). El Dr. Freud recurre al mito, al poder del símbolo y a su historia personal para elaborar sus teorías. La lucha por la supervivencia está en el origen del mito de Edipo: el padre manda matar al hijo para no ser muerto por él, según ha determinado el Oráculo. Primer mensaje idealista: ¿es generalizable y extrapolable un comportamiento extraído del mito? ¿La ciencia positivista encuentra su punto ciego en su método? ¿Estudiamos seriamente el lugar del mito en nuestra cultura y como determina nuestras actitudes en relación al género? ¿qué tiene que ver el mito de Sófocles con nosotros, uruguayos de principios del S. XXI? La Revolución Industrial separa a varones y mujeres (la Ley del Sistema Capitalista). Primera integración: clase social. Como hoy, las mujeres obreras se alejan de casa en el S. XIX, sus compañeros e hijos se preguntan qué es lo específicamente masculino. Estudios biológicos muestran como “desde el inicio” el ser masculino se crea en oposición a una programación femenina natural, el XY se impone para marcar la diferencia (Jost, 1978, en Badinter, 1993, pág. 56), el feto seguirá su “lucha” desobedeciendo el programa de desarrollo femenino. Luego de nacer, para seguir consolidando su identidad, el medio “manda” alejarse de todo lo que sea femenino, instaurando el rechazo a lo femenino, estableciéndolo como natural. El resultado son varones patológicamente disociados entre blandos sentimientos y el modelo masculino hegemónico que amenaza con violencias simbólicas y no simbólicas. Si esta disociación se orienta a una saludable discriminación, despejará una confusión: sexualidad- sentimiento de virilidad asociado estrictamente a la potencia sexual (Badinter, 1993, pág. 156). Actualmente son cada vez más los/as sujetos/as excluidos/as y los/as sujetos/as= objetos, los/as sometido/as a la falta y la pérdida. Siguiendo la lógica simbólica de la castración, que todos/as seamos humanos/as “castrados/as”, ¿nos ayuda a seguir pensando? Lejos de merecer el epíteto de perversos/as que reniegan de la castración, consideramos justo remitir a otro aspecto de nuestra condición humana: la creatividad y el deseo de ir al encuentro de otra/o. Podemos entender el creciente aumento de la violencia doméstica: varones castrados atrapados en mandatos sociales que sustentan la inequidad de géneros, con los que no están pudiendo cumplir, sufren una crisis de identidad que indiscriminadamente engloba lo social y lo sexual. La sociedad patriarcal sostiene el sistema capitalista desde: 1- la importancia de la transmisión del apellido para sostener la institución familia (hombre= preñador), 2- la paternidad ligada a la condición económica: hombre= proveedor y 3- el hombre= protector, ligado a la fuerza física. ¿Nos encontramos ante un nuevo “retorno de lo reprimido”, consecuencia de necesidades normativas, disciplinamientos basados en mitos sobre la sexualidad e ideologías dogmáticas? En nuestro país, las parejas emigran para poder ejercer sus derechos (reproductivos entre tantos). Con el retiro del Estado de Bienestar de la Modernidad, el varón pierde algunos ítems que le aseguraran en otro tiempo que “sabiendo cumplir” con ellos, sería “hombre”. En las clases medias uruguayas observamos fácilmente este sufrimiento, de desidentificación, de pérdida de horizontes de sentido en el varón que equivale identidad de género =identidad subjetiva.

“Desenlace”

Existe una clasificación basada en los modos particulares en que cada cultura enseña a tramitar las emociones y por lo tanto, determina cuales serán las socialmente aceptadas. Divide las culturas de vergüenza, caso de los indios shuar; y las culturas de culpa, como las europeas mediterráneas (Benedict, R., 1934, en Fericgla, 2000). Creo que nuestras familias sufren las marcas de la ideología dominante y su cultura de culpa. “El hombre reconciliado sólo puede surgir de una gran revolución paterna” (Badinter, 1993, pág. 19. Estamos en eso, y también hemos quedado “congelados” en la época en que Freud posaba frente a la daguerrotipo. “Ella (la madre) encarna la ley moral y el afecto, él (el padre) la ley política y económica (Badinter, 1993, pág. 112). Antes de la revolución burguesa las “virtudes” de “nuestro héroe” serían la fuerza física y el honor; después, el éxito y el dinero. Aún domina la idea de que el hombre debe tener una mujer para no ser una mujer: las relaciones de objeto perdiéndonos de nuestra humanidad. Asimilándonos a objetos con valor de uso y valor de cambio, somos tan democráticos como los griegos: la mayoría de la población es esclava. La ruptura no es con la femineidad, la intervención del padre no debe darse sólo para separar al/ la niño/a de la madre. “El hombre puede ser, sucesivamente, femenino con su bebe y francamente viril con un niño mayor” (Badinter, 1993, pág. 202). Stoller afirma la protofemineidad del varón (punto ciego de la teoría psicoanalítica freudiana clásica), que sitúa al varón en condiciones de igualdad para desarrollar la maternización. (Stoller, 1989, en Badinter, 1993 pág. 6. Y si ahora las mujeres necesitamos una paternidad más femenina; ¿no correremos el riesgo de no crear una relación intergénero más igualitaria, más democrática y liberadora, sino de caer en otra trampa a-dialéctica: homologar hombre = padre andrógino, exigiendo a nuestros varones un esfuerzo “sobre humano” similar a aquel del cual tratamos de liberarnos en alianza?. Badinter al final de su libro realiza una apología de las virtudes masculinas y femeninas, aquellas: ampliar las fronteras, estas últimas: conservar la vida. Ambos géneros pueden tomar en sus manos estas tareas: trabajar día a día en tareas concretas con la Comunidad, en la tarea pequeña (las hojas) y más generales (el bosque) en constante tensión, donde la participación de varones y mujeres generen valores inmanentes a los vínculos cotidianos, no es ninguna virtud mística y sí lo es, lo será por la práctica cotidiana. Generalicemos sólo cuando las condiciones materiales de existencia lo exijan necesario.


Referencias bibliográficas

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Artículos

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Publicaciones electrónicas Bordieu, Pierre (2002)

“La dominación masculina” http://www.sepiensa.cl/listas_articulos/articulo_del_dia/2002/2002
Carril, Elina “De cuando las mujeres se quejan, los hombres se enferman y l@s terapeutas no escuchamos” http:// www.audepp.org/ areas/revista/ver_articulos
Fericgla, Dr. Josep Mª (2000).”Emociones y Cultura. Hacia una antropología de las emociones”. Barcelona: Societat d’Etnopsicologia Aplicada i Estudis Cognitius Prof. MGS de la FBG-Universitat de Barcelona. El texto original de este artículo corresponde a la conferencia inaugural del III Seminario sobre Estados Modificados de la Consciencia y Cultura, Universidad de Caldas, Manizales (Colombia), realizado entre los días 23 a 26 de agosto del año 2000. El presente texto está pendiente de publicación en la revista científica Fundamentos de Antropología. http://www.etnopsico.org/Textos
Santos Velásquez, L. “Antropología, Psicoanálisis e Identidades masculinas” http://www.colciencias.gov.co/seiaal/ congreso/Ponen7/SANTOS.htm